domingo, 26 de diciembre de 2010
La imaginación es un poderoso aliado para nuestra mente, pero de igual modo, si está descontrolada, puede ser un terrible enemigo para nosotros mismos. Cuando hacemos un juicio de valor sobre hechos sociales, nuestra imaginación no hace creer que el resultado de tal análisis se debe a la razón, pero lo cierto es que tan sólo es imaginación. La casi total mayoría de los pensamientos relacionados con conceptos sociales y políticos se determinan por emociones, sentimientos e intuición, pero sin embargo, los hacemos pasar continuamente como procesos mentales racionales. Son pura imaginación. Cuando la imaginación está desbordada en demasía, el resultado es un análisis imaginario que creemos racional, y que probablemente nos lleve a un fatal desenlace. La lógica es demasiado fría para las interpretaciones de las relaciones humanas, pero nuestro ego mental nos hace suponer que el pensamiento humano es racional y así nos lo hacemos creer a nosotros mismos. Estamos siempre suponiendo cosas, porque si no fuera de esta manera no habríamos evolucionado como lo hemos hecho, pero al mismo tiempo, este hecho puede ocultar o enmascarar nuestro propios errores emocionales y hacernos perder la perspectiva sobre lo que nos hace feliz o no. La imaginación es primodial para nuestro avance personal, pero nunca deberíamos desestimar la capacidad de nuestro cerebro para utilizar ésta como una herramienta o arma a su disposición para imponer su tiranía doctrinal e inculcada. Estamos siempre suponiendo tantas cosas que creemos que son verdades, que "perdemos el Norte".
